viernes 18 de abril de 2008
Nos pasamos la vida resbalando a la deriva
Cuanto más nos creemos cerca del destino final más seguimos resbalando. Conocí a un hombre, tambien de padre gallego como yo que llevaba muy mal la relación con su mujer. Estaba apasionadamente enamorado de ella. Llevaba su pasion como una corona de espinas. Un día le dijo: Dolores, vivo angustiado. Mi amor por tí es tan fuerte que creo que me voy a evaporar. Tambien conocí a una mujer, en realidad es mi mujer. Ella describe su vida de esta manera: “Un buen día, es un día sin lluvia. Un mal día es cuando me quedo en la cama y pienso en las cosas que podrían haber pasado”. Conocí a un padre que tenía un hijo. Llevaba tiempo con ganas de contarle los motivos de su comportamiento durante muchos años. Un día se puso de viaje para tener esta conversación. Llegó tarde, el muchacho estaba dormido, el padre le dió un beso en la mejilla y se puso de viaje, de nuevo. Solo Dios sabe por qué pasa lo que pasa. Dios tiene un plan. Pero los mortales no tenemos acceso a esa información. Trabajamos, nos pagan, creemos que volamos airosamente cuando en realidad nos pasamos la vida resbalando a la deriva.
viernes 11 de abril de 2008
Galicia en Kiribati 3,2,1. Ejercicio de redacción
Lo más importante en la redacción de cuentos es quitar cosas. Para el lector con paciencia propongo un ejercicio. Contar el mismo cuento por lo largo, por lo medio y por lo corto. "Galicia en Kiribati-3" son 1.118 palabras. "Galicia en Kiribati-2" son 742 palabras y "Galicia en Kiribati-1" son 480. El lector elija.
Galicia en Kiribati-3
1,118 palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos:
“Se aproximan los caballos negros del Apocalipsis. Oigo sus pisadas. Siento sus resoplidos y huelo sus excrementos. La niebla corta los sederos del bosque en tramos de oscuridad, resplandor, mosquitos y telarañas. Los viejos y los niños se esconden en sus cabañas y atrancan puertas y ventanas. Los hombres se aprestan a la lucha, unos y a aguantar los golpes, otros. Yo sé cómo escapar pero mi deber es aguantar, mirar a los caballos de frente, sereno pero desafiante y hacerles frenar con mi mirada, como otras veces”
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo. Desde la oficina del gerente de recursos humanos se ve la piscina. Medio redonda, de unos cincuenta metros de diámetro, con jardincitos y palmeras alrededor, apetece saltar desde la oficina del hotel.
“No sé qué llave hay que abrir ni que producto hay que echar!” gritaba una voz.
“De esta semana no pasa que busquemos a alguien para sustituir a Leo”
“¿Sabría usted manejar las llaves de la depuradora y elegir uno entre las decenas de productos que tiene Leo guardados?” me preguntó la directora de recursos humanos.
Yo no estaba muy concentrado porque el escote de la directora era el menos apropiado para su oficio. Enormes y firmes pechos asomaban morenos, turgentes, invitantes. Lo peor fue cuando se agachó para mirar por la ventana mientras gritaba: “Os mando alguien que puede ayudar” y dirigiéndose a mí: “Mire a ver si puede ayudarles y luego sube” eso decía mientras se abrochaba, con desgana el botón, el sufrido botón, de la camisa estampada que a duras penas contenía aquella enormidad.
Abrí y cerré las llaves sin problemas, eché el primer producto que se me vino a la mano pero con aire de seguridad y explicando los efectos de aquél coagulante, la acidez correcta para la época de lluvias. Respiraron aliviados y yo conseguí el trabajo.
Para la firma del contrato la directora de recursos humanos se había puesto una camiseta suelta que dejaba ver… pero prefiero no entrar en detalles.
El caso es que llevo siete años en esta isla.
Mi rutina diaria es sencilla:
6:00 Cafecito
6:15 Carrerita de 45 minutos. Recorrido: ir y volver por la playa de 6 kilómetros. Es medio de noche y las olas resplandecen con chispas fluorescentes.
7:00 Ducha rápida y a trabajar
9:00 Fin de la jornada, hasta el día siguiente.
Al principio me costó trabajo llenar las más de veinte horas sin trabajar, pero enseguida encontré la solución.
La playa tiene barquitas que alquila para pescar. Suelo salir a las diez y regresar a las 12 y media, para entregar el fruto de mi mañana y comer algo en el bufet del hotel.
La siesta es obligada, creo que hay una ley en la isla que obliga a cerrar todas las persianas de 14:00 a 16:00
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Tiene algo este hotel que atrae a la mayor parte de la clase secretarial de América del Norte y resto del Pacífico. También parecen tener contratos con equipos femeninos de jugadoras de voleibol y sesiones fotográficas de ropa interior para revistas de moda.
Las cenas son ruidosas porque la clientela, como digo, mayoritariamente femenina, suele pasarse con los daiquiris, mojitos, caipiriñas y margaritas y suele haber numeritos de baile encima de las mesas. Parece como obligatorio porque se cumple casi todas las noches. Los dueños se deben frotar las manos pero estos numeritos no cuentan con la aprobación de la clase trabajadora del hotel.
A la vista de las caras largas de los camareros y camareras, la clientela se agolpa al lado de mi piano y, a pesar del repertorio, hay bastantes aplausos, propinas y miradas invitantes.
No es fácil levantarse a las seis todas las mañanas.
Pues bien, ahora son las siete de la tarde y el sol se va a poner encima del cerro apalmerado a la izquierda del hotel.
Cuando termine este cuento tengo que repasar en YOUTUBE unas canciones que me pidieron ayer y que debería saber pero todos los músicos tenemos nuestras lagunas. La mía es la época del rock sinfónico.
Pink Floyd, King Crimson, Jethro Tull, Genesis y Emerson, Lake and Palmer pasaron por encima de mi cabeza mientras yo oía y trataba de imitar a Paul Simon, James Taylor o Billy Joel.
Me han pedido Supper’s Ready de Genesis y Thick as a brick de Jethro Tull.
No creo que el público aguante los 23 minutos de Supper’s Ready.
Thick as a Brick me apetece más porque es una parodia del género, como el Quijote con los libros de caballerías.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de estos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante, son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.
Galicia en Kiribati-2
742 palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré a mi alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo. Desde la oficina del gerente de recursos humanos se ve la piscina. Medio redonda, de unos cincuenta metros de diámetro, con jardincitos y palmeras alrededor, apetece saltar desde la oficina del hotel.
“No sé qué llave hay que abrir ni que producto hay que echar!” gritaba una voz.
“De esta semana no pasa que busquemos a alguien para sustituir a Leo”
“¿Sabría usted manejar las llaves de la depuradora y elegir uno entre las decenas de productos que tiene Leo guardados?” me preguntó la directora de recursos humanos.
Yo no estaba muy concentrado porque el escote de la directora era el menos apropiado para su oficio. Enormes y firmes pechos asomaban morenos, turgentes, invitantes. Lo peor fue cuando se agachó para mirar por la ventana mientras gritaba: “Os mando alguien que puede ayudar” y dirigiéndose a mí: “Mire a ver si puede ayudarles y luego sube” eso decía mientras se abrochaba, con desgana el botón, el sufrido botón, de la camisa estampada que a duras penas contenía aquella enormidad.
Abrí y cerré las llaves sin problemas, eché el primer producto que se me vino a la mano pero con aire de seguridad y explicando los efectos de aquél coagulante, la acidez correcta para la época de lluvias. Respiraron aliviados y yo conseguí el trabajo.
Para la firma del contrato la directora de recursos humanos se había puesto una camiseta suelta que dejaba ver…pero prefiero no entrar en detalles.
El caso es que llevo siete años en esta isla. Mi rutina diaria es sencilla: dos horas de trabajo, comida y siesta.
Al principio me costó trabajo llenar las más de veinte horas sin trabajar, pero enseguida encontré la solución.
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Pues bien, ahora son las siete de la tarde y el sol se va a poner encima del cerro apalmerado a la izquierda del hotel.
Cuando termine este cuento tengo que repasar en YOUTUBE unas canciones que me pidieron ayer y que debería saber pero todos los músicos tenemos nuestras lagunas. La mía es la época del rock sinfónico.
Me han pedido Supper’s Ready de Genesis y Thick as a brick.
Thick as a Brick me apetece más porque es una parodia del género, como el Quijote con los libros de caballerías.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de estos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante, son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.
Galicia en Kiribati-1
480 Palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos:
“Se aproximan los caballos negros del Apocalipsis. Oigo sus pisadas. Siento sus resoplidos y huelo sus excrementos. La niebla corta los sederos del bosque en tramos de oscuridad, resplandor, mosquitos y telarañas. Los viejos y los niños se esconden en sus cabañas y atrancan puertas y ventanas. Los hombres se aprestan a la lucha, unos y a aguantar los golpes, otros. Yo sé cómo escapar pero mi deber es aguantar, mirar a los caballos de frente, sereno pero desafiante y hacerles frenar con mi mirada, como otras veces”
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré a mi alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo.
El caso es que llevo siete años en esta isla. Trabajo dos horas por la mañana, comer y siesta.
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de algunos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.
Galicia en Kiribati-3
1,118 palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos:
“Se aproximan los caballos negros del Apocalipsis. Oigo sus pisadas. Siento sus resoplidos y huelo sus excrementos. La niebla corta los sederos del bosque en tramos de oscuridad, resplandor, mosquitos y telarañas. Los viejos y los niños se esconden en sus cabañas y atrancan puertas y ventanas. Los hombres se aprestan a la lucha, unos y a aguantar los golpes, otros. Yo sé cómo escapar pero mi deber es aguantar, mirar a los caballos de frente, sereno pero desafiante y hacerles frenar con mi mirada, como otras veces”
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo. Desde la oficina del gerente de recursos humanos se ve la piscina. Medio redonda, de unos cincuenta metros de diámetro, con jardincitos y palmeras alrededor, apetece saltar desde la oficina del hotel.
“No sé qué llave hay que abrir ni que producto hay que echar!” gritaba una voz.
“De esta semana no pasa que busquemos a alguien para sustituir a Leo”
“¿Sabría usted manejar las llaves de la depuradora y elegir uno entre las decenas de productos que tiene Leo guardados?” me preguntó la directora de recursos humanos.
Yo no estaba muy concentrado porque el escote de la directora era el menos apropiado para su oficio. Enormes y firmes pechos asomaban morenos, turgentes, invitantes. Lo peor fue cuando se agachó para mirar por la ventana mientras gritaba: “Os mando alguien que puede ayudar” y dirigiéndose a mí: “Mire a ver si puede ayudarles y luego sube” eso decía mientras se abrochaba, con desgana el botón, el sufrido botón, de la camisa estampada que a duras penas contenía aquella enormidad.
Abrí y cerré las llaves sin problemas, eché el primer producto que se me vino a la mano pero con aire de seguridad y explicando los efectos de aquél coagulante, la acidez correcta para la época de lluvias. Respiraron aliviados y yo conseguí el trabajo.
Para la firma del contrato la directora de recursos humanos se había puesto una camiseta suelta que dejaba ver… pero prefiero no entrar en detalles.
El caso es que llevo siete años en esta isla.
Mi rutina diaria es sencilla:
6:00 Cafecito
6:15 Carrerita de 45 minutos. Recorrido: ir y volver por la playa de 6 kilómetros. Es medio de noche y las olas resplandecen con chispas fluorescentes.
7:00 Ducha rápida y a trabajar
9:00 Fin de la jornada, hasta el día siguiente.
Al principio me costó trabajo llenar las más de veinte horas sin trabajar, pero enseguida encontré la solución.
La playa tiene barquitas que alquila para pescar. Suelo salir a las diez y regresar a las 12 y media, para entregar el fruto de mi mañana y comer algo en el bufet del hotel.
La siesta es obligada, creo que hay una ley en la isla que obliga a cerrar todas las persianas de 14:00 a 16:00
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Tiene algo este hotel que atrae a la mayor parte de la clase secretarial de América del Norte y resto del Pacífico. También parecen tener contratos con equipos femeninos de jugadoras de voleibol y sesiones fotográficas de ropa interior para revistas de moda.
Las cenas son ruidosas porque la clientela, como digo, mayoritariamente femenina, suele pasarse con los daiquiris, mojitos, caipiriñas y margaritas y suele haber numeritos de baile encima de las mesas. Parece como obligatorio porque se cumple casi todas las noches. Los dueños se deben frotar las manos pero estos numeritos no cuentan con la aprobación de la clase trabajadora del hotel.
A la vista de las caras largas de los camareros y camareras, la clientela se agolpa al lado de mi piano y, a pesar del repertorio, hay bastantes aplausos, propinas y miradas invitantes.
No es fácil levantarse a las seis todas las mañanas.
Pues bien, ahora son las siete de la tarde y el sol se va a poner encima del cerro apalmerado a la izquierda del hotel.
Cuando termine este cuento tengo que repasar en YOUTUBE unas canciones que me pidieron ayer y que debería saber pero todos los músicos tenemos nuestras lagunas. La mía es la época del rock sinfónico.
Pink Floyd, King Crimson, Jethro Tull, Genesis y Emerson, Lake and Palmer pasaron por encima de mi cabeza mientras yo oía y trataba de imitar a Paul Simon, James Taylor o Billy Joel.
Me han pedido Supper’s Ready de Genesis y Thick as a brick de Jethro Tull.
No creo que el público aguante los 23 minutos de Supper’s Ready.
Thick as a Brick me apetece más porque es una parodia del género, como el Quijote con los libros de caballerías.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de estos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante, son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.
Galicia en Kiribati-2
742 palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré a mi alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo. Desde la oficina del gerente de recursos humanos se ve la piscina. Medio redonda, de unos cincuenta metros de diámetro, con jardincitos y palmeras alrededor, apetece saltar desde la oficina del hotel.
“No sé qué llave hay que abrir ni que producto hay que echar!” gritaba una voz.
“De esta semana no pasa que busquemos a alguien para sustituir a Leo”
“¿Sabría usted manejar las llaves de la depuradora y elegir uno entre las decenas de productos que tiene Leo guardados?” me preguntó la directora de recursos humanos.
Yo no estaba muy concentrado porque el escote de la directora era el menos apropiado para su oficio. Enormes y firmes pechos asomaban morenos, turgentes, invitantes. Lo peor fue cuando se agachó para mirar por la ventana mientras gritaba: “Os mando alguien que puede ayudar” y dirigiéndose a mí: “Mire a ver si puede ayudarles y luego sube” eso decía mientras se abrochaba, con desgana el botón, el sufrido botón, de la camisa estampada que a duras penas contenía aquella enormidad.
Abrí y cerré las llaves sin problemas, eché el primer producto que se me vino a la mano pero con aire de seguridad y explicando los efectos de aquél coagulante, la acidez correcta para la época de lluvias. Respiraron aliviados y yo conseguí el trabajo.
Para la firma del contrato la directora de recursos humanos se había puesto una camiseta suelta que dejaba ver…pero prefiero no entrar en detalles.
El caso es que llevo siete años en esta isla. Mi rutina diaria es sencilla: dos horas de trabajo, comida y siesta.
Al principio me costó trabajo llenar las más de veinte horas sin trabajar, pero enseguida encontré la solución.
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Pues bien, ahora son las siete de la tarde y el sol se va a poner encima del cerro apalmerado a la izquierda del hotel.
Cuando termine este cuento tengo que repasar en YOUTUBE unas canciones que me pidieron ayer y que debería saber pero todos los músicos tenemos nuestras lagunas. La mía es la época del rock sinfónico.
Me han pedido Supper’s Ready de Genesis y Thick as a brick.
Thick as a Brick me apetece más porque es una parodia del género, como el Quijote con los libros de caballerías.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de estos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante, son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.
Galicia en Kiribati-1
480 Palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos:
“Se aproximan los caballos negros del Apocalipsis. Oigo sus pisadas. Siento sus resoplidos y huelo sus excrementos. La niebla corta los sederos del bosque en tramos de oscuridad, resplandor, mosquitos y telarañas. Los viejos y los niños se esconden en sus cabañas y atrancan puertas y ventanas. Los hombres se aprestan a la lucha, unos y a aguantar los golpes, otros. Yo sé cómo escapar pero mi deber es aguantar, mirar a los caballos de frente, sereno pero desafiante y hacerles frenar con mi mirada, como otras veces”
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré a mi alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo.
El caso es que llevo siete años en esta isla. Trabajo dos horas por la mañana, comer y siesta.
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de algunos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.
jueves 10 de abril de 2008
La misión Calatrava-Slaciistico
Resumen de agencias.
Los canales que rodean la muralla china tienen más de dos mil años de antigüedad. Aunque algunos siguen usándose para regadío, la mayoría están en desuso formando un hábitat muy interesante para la flora y la fauna.
Situados en las provincias de Xing-Xing y Fukian la extensión del territorio que cruzan estos canales es de uno 50.000 km2, como una provincia española. Por ser una zona relativamente insalubre, con muchos mosquitos y poco aprovechada agrícolamente, las zonas urbanas son pocas y muy distantes unas de otras.
Este aislamiento y abandono por el hombre ha creado, a lo largo de varios siglos, un santuario para determinadas especies que sólo se encuentran en esta parte del mundo.
Empezaremos por el frantio. El frantio es un molusco con pelos que avanza a saltos de orilla a orilla de los canales. Los frantios son animales solitarios pero se les puede encontrar en manadas de 15 o 25. El frantio se alimenta del junco platanal, gramínea que sólo se encuentra en ecosistemas tan peculiares como el que nos ocupa. El junco desaparece en verano y florece en invierno, cuando toda la zona está cubierta por nieves de hasta medio metro. Es una maravilla ver hectáreas y hectáreas de juncos platanales asomando sus bellas flores color verde por encima de la nieve. El frantio hiberna en verano. El resto del año se lo pasa comiendo los brotes tiernos del junco platanal usando una técnica que llama la atención. Como la nieve es muy densa, las flores verdes del junco asoman con dificultad de debajo del manto blanco. El frantio utiliza su apéndice púbico (no confundir con el pene que no tiene porque el frantio es hermafrodita) especie de quinta pata que les permite escarbar en la dura nieve. Pueden verse manadas de hasta treinta frantios, animal solitario pero que aúna su esfuerzo al solo objeto de desenterrar la flor verde del junco platanal. Esto suelen hacerlo de noche para evitar los ataques de su principal enemigo, depredador: el gorestitar.
El gorestitar, también llamado gato de los canales, es un plantígrado de gran tamaño. El gorestitar es conocido por su peculiar silbido. Parecido al de los spaguetti westerns, uiuioo! pone los pelos de punta no sólo de sus principales víctimas, los frantios, sino de cualquier humano que se atreva a pasar una noche en aquéllos parajes. Cuenta la leyenda que el gorestitar procede del matrimonio entre un monje budista y un oso panda. Pero no hay evidencia científica de este cuento popular.
De día revolotean estos parajes bandadas gigantescas de prolímeros, el gorrión de la estepa. Aves de tipo estacional, emigran desde el desierto del Gobi hasta los valles de Gongkian en bandadas de cientos de miles. Lo más destacado de estas manadas es que forman un dibujo en forma de estilete que se arroja sobre el más temible de los animales que aquí y sólo aquí habitan: el coyén. No es fácil ver coyenes desde la tierra. En los vuelos muy restringidos que el gobierno chino autoriza para investigadores, puede verse, con mucha suerte un coyén cruzando furtivamente con sus enormes patas de araña gigantesca, los canales de veinte en veinte metros. Los prolímeros son los únicos que pueden hacer daño al coyén por dos razones: porque los ven cuando cruzan los campos y porque tienen tiempo de construir la formación en estilete que se lanza en picado desde 500 o 600 metros contra la espalda desguarnecida del coyén.
El coyén tiene cuerpo de dinosaurio, patas de araña y espalda al rojo vivo. De la espalda salen continuamente bacterias putrefactas mezcladas con pus, mosquitos y saliva verde. En fin, un asco. Esta sustancia atrae a los polímeros que no pueden resistir su olor aunque se encuentren a kilómetros de distancia.
Los únicos humanos que habitan esta peligrosa región son los dorífanos. Se llama dorífano a una raza que solo se encuentra aquí y que, según análisis de los investigadores, son descendientes directos de Adán y Eva. Cuando Caín supuestamente mató a Abel, este quedó sólo malherido y estuvo varios meses recuperándose de sus heridas en una selva cercana a la región de los canales. Para sobrevivir tuvo que aparearse con las hembras de un homínido que no aparece en las páginas del Antiguo Testamento, pero que es el vínculo entre Adán, Eva, Caín y Abel y el resto de la raza humana. Como consecuencia de estos apareamientos, nacieron cientos de dorífanos, hombres y mujeres con siete piernas y cinco hombros que confluyen en un único brazo central.
Esta morfología peculiar permite a los dorífanos saltar dando silbidos que emiten a través de los veinte dedos de su brazo único. Lo más parecido a su silbido, en nuestra civilización sería el sonido de la turbina de un reactor. Por eso los pocos turistas que se les permite visitar la zona de los canales suelen mirar para atrás cuando oyen la ensordecedora bocina del dorífano, idéntica a un reactor calentando motores antes de despegar.
Todo este preámbulo sirve para que se entienda lo que sigue.
Un día soleado del mes de mayo, caminaba Slaciistico con sus discípulos por el borde de un canal cuando el más joven de estos le dijo a Slaciistico: “Maestro ¿cómo podemos confirmar que después de que te mataran resucitaste gloriosamente?”
Slaciistico clavó su bastón en la húmeda hierba y poniendo las manos en forma de trompeta entonó el cántico con el que solía iniciar el relato de sus parábolas: “Fruuf, fruuf, fruuf, loado sea mi amigo el mecánico”
Los discípulos cayeron deslumbrados por el resplandor de aquéllas verdades.
“! Slacii, Slacii, Slacii, señor de todos los canales!” prorrumpieron.
“Sosegaos” dijo Slaciistico. No es bueno que el hombre esté sólo. (Esta misteriosa afirmación ha sido objeto de diatriba y crujir de dientes en los últimos congresos de la Conferencia Morrejal)
“Morreja me manda a vosotros, queridos amigos, para que dé la salida a todos los problemas que os aquejan” Dijo tranquilamente Slaciistico.
“Bendito seas por siempre Morreja, y bendito sea tu nieto en este mundo Slaciistico el bienaventurado” prorrumpieron los discípulos.
En aquel momento se produjo el cataclismo que, según varios autores, ha determinado la decadencia de la civilización humana: una manada de sesenta y seis coyenes salió súbitamente de un canal y se arrojó sobre Slaciistico y sus discípulos, devorándolos instantáneamente.
Esto sucedió a finales del siglo XVI, antes de que los misioneros desembarcaran en China. Por mucho que los habitantes contaran esta historia, los misioneros se negaron a creerla y mucho menos a transmitirla a la metrópoli que, por aquel entonces se encontraba en medio de la guerra de los cien días, entre Lutero y Felipe II.
Que eran sesenta y seis coyenes parece estar demostrado. Toda la iconografía china está llena del número 66. Las columnas de la plaza de Tiananmen son sesenta y cinco, que, con la que ocupa el centro de la plaza hacen sesenta y seis. En 1966 Mao hizo una fugaz visita al territorio de los canales. Solo fue acompañado por un equipo de cuatro íntimos, alguno de los cuales debió cometer la indiscreción que ahora nos permite afirmar que el aplastamiento de Slaciistico y sus discípulos es un hecho histórico.
En la página 66 del libro rojo de Mao se lee: “El pueblo deberá vigilar que de los canales no salgan coyenes”. Esta recomendación ha sido interpretada como una precaución contra el imperialismo norteamericano, cuando una lectura más desapasionada nos permitiría unir los conceptos coyén y canal.
En su libro “Las Religiones pre-colombinas” John Stracey, profesor de antropología de la Universidad de Arkansas, dedica varias páginas a relatar “ciertas desviaciones de la conducta sintoísta en las regiones nor-occidentales de la China húmeda”. Dice Stracey que hay claros indicios de una religión que debió extinguirse en China con la llegada de los misioneros jesuitas. Habla de Morreja, Slaciistico y otros dioses paganos que tenían multitud de seguidores y que desaparecieron misteriosamente con la llegada de los misioneros.
El jesuita austriaco Fran Von Slazenger, en su obra “Las catástrofes atribuidas a los jesuitas” habla de “monstruos que eran amaestrados por milagros de un líder en presencia de sus discípulos”.
Sea como fuera, la abundante literatura sobre la materia y la apertura provocada por la Olimpiada de 2008 han permitido la formación de un grupo de trabajo que, liderado por el antropólogo español Juan Calatrava, se desplazará a la región de los canales para efectuar el primer análisis de campo de la misteriosa desaparición de Slaciistico y sus discípulos. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha detraído varios millones de euros de su programa para la exploración de la cara oculta de Júpiter para la misión Calatrava-Slaciistico, como se conoce a esta nueva iniciativa de la ciencia española.
Los canales que rodean la muralla china tienen más de dos mil años de antigüedad. Aunque algunos siguen usándose para regadío, la mayoría están en desuso formando un hábitat muy interesante para la flora y la fauna.
Situados en las provincias de Xing-Xing y Fukian la extensión del territorio que cruzan estos canales es de uno 50.000 km2, como una provincia española. Por ser una zona relativamente insalubre, con muchos mosquitos y poco aprovechada agrícolamente, las zonas urbanas son pocas y muy distantes unas de otras.
Este aislamiento y abandono por el hombre ha creado, a lo largo de varios siglos, un santuario para determinadas especies que sólo se encuentran en esta parte del mundo.
Empezaremos por el frantio. El frantio es un molusco con pelos que avanza a saltos de orilla a orilla de los canales. Los frantios son animales solitarios pero se les puede encontrar en manadas de 15 o 25. El frantio se alimenta del junco platanal, gramínea que sólo se encuentra en ecosistemas tan peculiares como el que nos ocupa. El junco desaparece en verano y florece en invierno, cuando toda la zona está cubierta por nieves de hasta medio metro. Es una maravilla ver hectáreas y hectáreas de juncos platanales asomando sus bellas flores color verde por encima de la nieve. El frantio hiberna en verano. El resto del año se lo pasa comiendo los brotes tiernos del junco platanal usando una técnica que llama la atención. Como la nieve es muy densa, las flores verdes del junco asoman con dificultad de debajo del manto blanco. El frantio utiliza su apéndice púbico (no confundir con el pene que no tiene porque el frantio es hermafrodita) especie de quinta pata que les permite escarbar en la dura nieve. Pueden verse manadas de hasta treinta frantios, animal solitario pero que aúna su esfuerzo al solo objeto de desenterrar la flor verde del junco platanal. Esto suelen hacerlo de noche para evitar los ataques de su principal enemigo, depredador: el gorestitar.
El gorestitar, también llamado gato de los canales, es un plantígrado de gran tamaño. El gorestitar es conocido por su peculiar silbido. Parecido al de los spaguetti westerns, uiuioo! pone los pelos de punta no sólo de sus principales víctimas, los frantios, sino de cualquier humano que se atreva a pasar una noche en aquéllos parajes. Cuenta la leyenda que el gorestitar procede del matrimonio entre un monje budista y un oso panda. Pero no hay evidencia científica de este cuento popular.
De día revolotean estos parajes bandadas gigantescas de prolímeros, el gorrión de la estepa. Aves de tipo estacional, emigran desde el desierto del Gobi hasta los valles de Gongkian en bandadas de cientos de miles. Lo más destacado de estas manadas es que forman un dibujo en forma de estilete que se arroja sobre el más temible de los animales que aquí y sólo aquí habitan: el coyén. No es fácil ver coyenes desde la tierra. En los vuelos muy restringidos que el gobierno chino autoriza para investigadores, puede verse, con mucha suerte un coyén cruzando furtivamente con sus enormes patas de araña gigantesca, los canales de veinte en veinte metros. Los prolímeros son los únicos que pueden hacer daño al coyén por dos razones: porque los ven cuando cruzan los campos y porque tienen tiempo de construir la formación en estilete que se lanza en picado desde 500 o 600 metros contra la espalda desguarnecida del coyén.
El coyén tiene cuerpo de dinosaurio, patas de araña y espalda al rojo vivo. De la espalda salen continuamente bacterias putrefactas mezcladas con pus, mosquitos y saliva verde. En fin, un asco. Esta sustancia atrae a los polímeros que no pueden resistir su olor aunque se encuentren a kilómetros de distancia.
Los únicos humanos que habitan esta peligrosa región son los dorífanos. Se llama dorífano a una raza que solo se encuentra aquí y que, según análisis de los investigadores, son descendientes directos de Adán y Eva. Cuando Caín supuestamente mató a Abel, este quedó sólo malherido y estuvo varios meses recuperándose de sus heridas en una selva cercana a la región de los canales. Para sobrevivir tuvo que aparearse con las hembras de un homínido que no aparece en las páginas del Antiguo Testamento, pero que es el vínculo entre Adán, Eva, Caín y Abel y el resto de la raza humana. Como consecuencia de estos apareamientos, nacieron cientos de dorífanos, hombres y mujeres con siete piernas y cinco hombros que confluyen en un único brazo central.
Esta morfología peculiar permite a los dorífanos saltar dando silbidos que emiten a través de los veinte dedos de su brazo único. Lo más parecido a su silbido, en nuestra civilización sería el sonido de la turbina de un reactor. Por eso los pocos turistas que se les permite visitar la zona de los canales suelen mirar para atrás cuando oyen la ensordecedora bocina del dorífano, idéntica a un reactor calentando motores antes de despegar.
Todo este preámbulo sirve para que se entienda lo que sigue.
Un día soleado del mes de mayo, caminaba Slaciistico con sus discípulos por el borde de un canal cuando el más joven de estos le dijo a Slaciistico: “Maestro ¿cómo podemos confirmar que después de que te mataran resucitaste gloriosamente?”
Slaciistico clavó su bastón en la húmeda hierba y poniendo las manos en forma de trompeta entonó el cántico con el que solía iniciar el relato de sus parábolas: “Fruuf, fruuf, fruuf, loado sea mi amigo el mecánico”
Los discípulos cayeron deslumbrados por el resplandor de aquéllas verdades.
“! Slacii, Slacii, Slacii, señor de todos los canales!” prorrumpieron.
“Sosegaos” dijo Slaciistico. No es bueno que el hombre esté sólo. (Esta misteriosa afirmación ha sido objeto de diatriba y crujir de dientes en los últimos congresos de la Conferencia Morrejal)
“Morreja me manda a vosotros, queridos amigos, para que dé la salida a todos los problemas que os aquejan” Dijo tranquilamente Slaciistico.
“Bendito seas por siempre Morreja, y bendito sea tu nieto en este mundo Slaciistico el bienaventurado” prorrumpieron los discípulos.
En aquel momento se produjo el cataclismo que, según varios autores, ha determinado la decadencia de la civilización humana: una manada de sesenta y seis coyenes salió súbitamente de un canal y se arrojó sobre Slaciistico y sus discípulos, devorándolos instantáneamente.
Esto sucedió a finales del siglo XVI, antes de que los misioneros desembarcaran en China. Por mucho que los habitantes contaran esta historia, los misioneros se negaron a creerla y mucho menos a transmitirla a la metrópoli que, por aquel entonces se encontraba en medio de la guerra de los cien días, entre Lutero y Felipe II.
Que eran sesenta y seis coyenes parece estar demostrado. Toda la iconografía china está llena del número 66. Las columnas de la plaza de Tiananmen son sesenta y cinco, que, con la que ocupa el centro de la plaza hacen sesenta y seis. En 1966 Mao hizo una fugaz visita al territorio de los canales. Solo fue acompañado por un equipo de cuatro íntimos, alguno de los cuales debió cometer la indiscreción que ahora nos permite afirmar que el aplastamiento de Slaciistico y sus discípulos es un hecho histórico.
En la página 66 del libro rojo de Mao se lee: “El pueblo deberá vigilar que de los canales no salgan coyenes”. Esta recomendación ha sido interpretada como una precaución contra el imperialismo norteamericano, cuando una lectura más desapasionada nos permitiría unir los conceptos coyén y canal.
En su libro “Las Religiones pre-colombinas” John Stracey, profesor de antropología de la Universidad de Arkansas, dedica varias páginas a relatar “ciertas desviaciones de la conducta sintoísta en las regiones nor-occidentales de la China húmeda”. Dice Stracey que hay claros indicios de una religión que debió extinguirse en China con la llegada de los misioneros jesuitas. Habla de Morreja, Slaciistico y otros dioses paganos que tenían multitud de seguidores y que desaparecieron misteriosamente con la llegada de los misioneros.
El jesuita austriaco Fran Von Slazenger, en su obra “Las catástrofes atribuidas a los jesuitas” habla de “monstruos que eran amaestrados por milagros de un líder en presencia de sus discípulos”.
Sea como fuera, la abundante literatura sobre la materia y la apertura provocada por la Olimpiada de 2008 han permitido la formación de un grupo de trabajo que, liderado por el antropólogo español Juan Calatrava, se desplazará a la región de los canales para efectuar el primer análisis de campo de la misteriosa desaparición de Slaciistico y sus discípulos. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha detraído varios millones de euros de su programa para la exploración de la cara oculta de Júpiter para la misión Calatrava-Slaciistico, como se conoce a esta nueva iniciativa de la ciencia española.
Son las 5. Cuento
Son las cinco y todavía tiemblo de pensar lo que me podía haber pasado.
Me acosté como siempre a las diez de la noche, para dormir ocho horas y bajar al gimnasio a las siete, después del café.
Debían ser como las cuatro, cuando noté un roce extraño en la mejilla. Tengo el sueño ligero, así que abrí los ojos y lo vi: a menos de veinte centímetros estaba el hocico húmedo de un animal. Mi reacción no me la explico. Mantuve la calma, supongo que pensando que era un sueño y me dispuse a levantarme para ir al cuarto de baño. Al levantarme noté un enorme peso en el pecho. Una enorme garra, peluda, con las uñas retraídas de lo que me pareció un gigantesco león, me mantenía pegado al colchón. Pero no era un león. Era una mezcla aún más atemorizante. No podía moverme, pero lo vi en toda su enormidad. El cuerpo de aquel enorme animal ocupaba los siete u ocho metros de la habitación del hotel. Poco a poco, vi en la penumbra de la habitación que la piel del animal era peluda en su totalidad, con unas tonalidades marrón claro. Pero lo peor es que el animal no estaba solo. Cubriéndole todo el cuerpo, pero especialmente alrededor de los ojos revoloteaba una nube de mosquitos. Mosquitos diminutos, de esos que vuelan por los pantanos y se meten en las gargantas de los ciclistas.
Yo no tuve miedo. No había estado muchas veces en esa situación y mis instintos no estaban preparados para reaccionar. En realidad, no reaccioné.
Y ahora viene lo peor: el animal se comunicaba conmigo.
Pero no se comunicaba con palabras o sonidos. Me hablaba sin que yo oyera nada. Y lo que decía no era para estar tranquilo:
“Voy a descuartizarte”. “Voy a separarte las piernas hasta que se te rompan por la ingle” “Pero antes voy a abrirte la cabeza y comerme tus sesos”
Por alguna razón, que me hablara por telepatía me tranquilizó. Uno espera de un enorme animal que entra en la habitación del hotel a las cuatro de la mañana que haga algo, algo malo, no que amenace. Amenazar es lo que hacemos los cobardes, los que nos cuesta entrar en acción. Los valientes y aquel animal tenía tamaño para ser valiente, los valientes no avisan, actúan.
Aquello me devolvió a mi pensamiento inicial de que era un sueño.
Pero no, no ha sido un sueño. Lo que sigue no es un sueño.
El animal me pidió, telepáticamente, como era su costumbre, que me vistiera. Levantó su pata enorme de mi pecho y dio un paso atrás. Tan grande era su tamaño que algo de él golpeó la televisión que cayó con estrépito al suelo.
Me levanté un poco preocupado y fui a por lo que yo considero la ropa adecuada para estas situaciones: un pantalón de chándal y una camiseta.
“Nada de eso” telepateó el animal. “Corbata y tu mejor traje y zapatos”
No había mucho margen de negociación y obedecí. La corbata y el traje son mi segunda piel desde hace muchos años. No estaba muy claro para que me quería vestido con las ganas que tenía de destrozarme. Pobre traje, pensé. Mañana alguien lo descubrirá roto y tendrán que decidir si lo mandan al tinte o a OXFAM.
Tan pronto acabé el nudo de la corbata, el animal me empujó hacia la puerta.
Vamos de paseo, pensé. En la guerra civil española, se llamaba paseo cuando te metían en una camioneta en el medio de la noche y te llevaban a Paracuellos de Jarama donde te fusilaban, dejándote en la cuneta. Esa sensación de “paseo” tenía.
Salimos al pasillo del hotel y las luces automáticas se encendieron. Intenté mirar para atrás para ver a mi compañero pero recibí un zarpazo corrector.
En el ascensor no cabíamos y tuvimos que caminar los veintisiete pisos de la escalera. Yo tengo bien las rodillas pero durante aquella bajada me parecieron de gelatina. El animal era sorprendentemente silencioso. Debe ser que los gatos, por grandes que sean, saben amortiguar sus pisadas para que no se les oiga. Pero no era un gato. Era una cosa de siete metros que se retorcía en los giros de la escalera. 54 giros.
Al llegar a la recepción, el vigilante dormía en su silla, como es la obligación de los vigilantes cuando se les necesita.
El animal y yo pasamos las puertas automáticas de cristal y salimos a la calle.
Llovía ligeramente y la temperatura era perfecta. ¿Perfecta para qué? Si vas a esquiar, 20 grados no es la temperatura perfecta y si juegas al tenis, 10 bajo cero no es la temperatura perfecta.
Como uno se acostumbra a todo, no me sorprendió que el animal me comunicara a dónde íbamos.
Saliendo del hotel, la calle sube en cuesta hacia la derecha. Grandes árboles la cubren de lado a lado. Al poco la calle cruza una más ancha que a esas horas estaba desierta.
Seguimos avanzando hasta llegar a un solar con una muralla medio derruida. El solar tenía un aspecto poco apetecible para meterse con semejante compañía. Pero las instrucciones eran claras. Entramos en el solar y yo, con mi corbata y mi traje me hice esta pregunta: Si me va a descuartizar y comerse mis sesos, este paseíto no tiene mucho sentido. Más fácil hacerlo en el hotel.
Es que sus intenciones eran otras. Me pidió que me sentara en una piedra y que me diera la vuelta. Por primera vez vi al animal de cuerpo entero. Mitad gato, mitad león, mitad rata, mitad diplodocus, mitad tapir, mitad perro sarnoso, allí estaba nuestro amigo.
Comprobé una vez más que las apariencias engañan. Aquel ser repugnante, temible y espantoso, necesitaba compañía. Su instinto animalesco le había recomendado llevarme por la senda del temor con terribles amenazas para conseguir mi obediencia.
Si, en la habitación del hotel, hubiera dicho “Me siento solo, necesito compañía” mi reacción era imprevisible. Amenazándome y obligándome a ponerme el traje y la corbata, dominaba la situación.
Yo no sabía si hablarle o apretar con el cerebro para que me saliera la telepatía. Parece que no hay que apretar. Sale sola. Mi interés era la integridad física. Si había que hacer compañía, de acuerdo. De corbata en un solar no suelo acompañar a animales de siete metros, pero uno ya está hecho a todo. Compañía pues. ¿Pero compañía haciendo qué? Enseguida lo supe:
Las damas. El animal quería jugar a las damas. Metió su enorme garra en una especie de marsupia que hasta entonces no le había visto y sacó un juego de damas.
Lo colocó encima de una piedra plana y empezó a situar las fichas.
El juego de damas es más complicado de lo que parece. Alguna vez he leído que las combinaciones posibles de movimientos, sin ser tan famosas como las del ajedrez pueden alcanzar número estratosféricos, de trillones.
Ahí comencé a ver las cosas con esperanza. Con los años uno se ha tenido que adaptar a tantas situaciones que aquélla no era de las peores. Se trataba de decidir ganar o dejarse ganar por mi compañero el ya no tan terrible animal.
Para mi dejarse ganar es siempre la opción más fácil. El único peligro es que en tu afán de jugar mal, tu oponente cometa errores pensando que conoces tácticas nuevas, estratégicas espectaculares, capacidad de innovación. Contra este peligro la solución es cometer errores de principiante. Pero no al principio de la partida, sino al cabo de un rato, cuando tu oponente después de ver lo mal que juegas, no le sorprende que cometas errores de principiante.
De todas maneras la partida se me hizo eterna. Son las cinco y creo que la partida acabó hace diez minutos.
Cuando cometí el error de principiante me llegó un mensaje telepático inconfundible: “Misión cumplida: te he comido el cerebro y solo me queda desgarrarte las piernas y el pubis”
Qué le vamos a hacer. Todo menos intentar ganarte. Uno se puede imaginar el mal perder de un ser de esas dimensiones. Ganar no era una opción. Y perder era la segunda peor.
Fin de la partida. Y entonces recibí el último mensaje telepático: “No le digas a nadie lo que te ha pasado. Me voy a otro hotel antes de que amanezca”. Me dio un terrible zarpazo que me impidió ver en qué dirección iba y desapareció.
Son las cinco y no sé si ponerme el traje o tomarme el día libre.
Me acosté como siempre a las diez de la noche, para dormir ocho horas y bajar al gimnasio a las siete, después del café.
Debían ser como las cuatro, cuando noté un roce extraño en la mejilla. Tengo el sueño ligero, así que abrí los ojos y lo vi: a menos de veinte centímetros estaba el hocico húmedo de un animal. Mi reacción no me la explico. Mantuve la calma, supongo que pensando que era un sueño y me dispuse a levantarme para ir al cuarto de baño. Al levantarme noté un enorme peso en el pecho. Una enorme garra, peluda, con las uñas retraídas de lo que me pareció un gigantesco león, me mantenía pegado al colchón. Pero no era un león. Era una mezcla aún más atemorizante. No podía moverme, pero lo vi en toda su enormidad. El cuerpo de aquel enorme animal ocupaba los siete u ocho metros de la habitación del hotel. Poco a poco, vi en la penumbra de la habitación que la piel del animal era peluda en su totalidad, con unas tonalidades marrón claro. Pero lo peor es que el animal no estaba solo. Cubriéndole todo el cuerpo, pero especialmente alrededor de los ojos revoloteaba una nube de mosquitos. Mosquitos diminutos, de esos que vuelan por los pantanos y se meten en las gargantas de los ciclistas.
Yo no tuve miedo. No había estado muchas veces en esa situación y mis instintos no estaban preparados para reaccionar. En realidad, no reaccioné.
Y ahora viene lo peor: el animal se comunicaba conmigo.
Pero no se comunicaba con palabras o sonidos. Me hablaba sin que yo oyera nada. Y lo que decía no era para estar tranquilo:
“Voy a descuartizarte”. “Voy a separarte las piernas hasta que se te rompan por la ingle” “Pero antes voy a abrirte la cabeza y comerme tus sesos”
Por alguna razón, que me hablara por telepatía me tranquilizó. Uno espera de un enorme animal que entra en la habitación del hotel a las cuatro de la mañana que haga algo, algo malo, no que amenace. Amenazar es lo que hacemos los cobardes, los que nos cuesta entrar en acción. Los valientes y aquel animal tenía tamaño para ser valiente, los valientes no avisan, actúan.
Aquello me devolvió a mi pensamiento inicial de que era un sueño.
Pero no, no ha sido un sueño. Lo que sigue no es un sueño.
El animal me pidió, telepáticamente, como era su costumbre, que me vistiera. Levantó su pata enorme de mi pecho y dio un paso atrás. Tan grande era su tamaño que algo de él golpeó la televisión que cayó con estrépito al suelo.
Me levanté un poco preocupado y fui a por lo que yo considero la ropa adecuada para estas situaciones: un pantalón de chándal y una camiseta.
“Nada de eso” telepateó el animal. “Corbata y tu mejor traje y zapatos”
No había mucho margen de negociación y obedecí. La corbata y el traje son mi segunda piel desde hace muchos años. No estaba muy claro para que me quería vestido con las ganas que tenía de destrozarme. Pobre traje, pensé. Mañana alguien lo descubrirá roto y tendrán que decidir si lo mandan al tinte o a OXFAM.
Tan pronto acabé el nudo de la corbata, el animal me empujó hacia la puerta.
Vamos de paseo, pensé. En la guerra civil española, se llamaba paseo cuando te metían en una camioneta en el medio de la noche y te llevaban a Paracuellos de Jarama donde te fusilaban, dejándote en la cuneta. Esa sensación de “paseo” tenía.
Salimos al pasillo del hotel y las luces automáticas se encendieron. Intenté mirar para atrás para ver a mi compañero pero recibí un zarpazo corrector.
En el ascensor no cabíamos y tuvimos que caminar los veintisiete pisos de la escalera. Yo tengo bien las rodillas pero durante aquella bajada me parecieron de gelatina. El animal era sorprendentemente silencioso. Debe ser que los gatos, por grandes que sean, saben amortiguar sus pisadas para que no se les oiga. Pero no era un gato. Era una cosa de siete metros que se retorcía en los giros de la escalera. 54 giros.
Al llegar a la recepción, el vigilante dormía en su silla, como es la obligación de los vigilantes cuando se les necesita.
El animal y yo pasamos las puertas automáticas de cristal y salimos a la calle.
Llovía ligeramente y la temperatura era perfecta. ¿Perfecta para qué? Si vas a esquiar, 20 grados no es la temperatura perfecta y si juegas al tenis, 10 bajo cero no es la temperatura perfecta.
Como uno se acostumbra a todo, no me sorprendió que el animal me comunicara a dónde íbamos.
Saliendo del hotel, la calle sube en cuesta hacia la derecha. Grandes árboles la cubren de lado a lado. Al poco la calle cruza una más ancha que a esas horas estaba desierta.
Seguimos avanzando hasta llegar a un solar con una muralla medio derruida. El solar tenía un aspecto poco apetecible para meterse con semejante compañía. Pero las instrucciones eran claras. Entramos en el solar y yo, con mi corbata y mi traje me hice esta pregunta: Si me va a descuartizar y comerse mis sesos, este paseíto no tiene mucho sentido. Más fácil hacerlo en el hotel.
Es que sus intenciones eran otras. Me pidió que me sentara en una piedra y que me diera la vuelta. Por primera vez vi al animal de cuerpo entero. Mitad gato, mitad león, mitad rata, mitad diplodocus, mitad tapir, mitad perro sarnoso, allí estaba nuestro amigo.
Comprobé una vez más que las apariencias engañan. Aquel ser repugnante, temible y espantoso, necesitaba compañía. Su instinto animalesco le había recomendado llevarme por la senda del temor con terribles amenazas para conseguir mi obediencia.
Si, en la habitación del hotel, hubiera dicho “Me siento solo, necesito compañía” mi reacción era imprevisible. Amenazándome y obligándome a ponerme el traje y la corbata, dominaba la situación.
Yo no sabía si hablarle o apretar con el cerebro para que me saliera la telepatía. Parece que no hay que apretar. Sale sola. Mi interés era la integridad física. Si había que hacer compañía, de acuerdo. De corbata en un solar no suelo acompañar a animales de siete metros, pero uno ya está hecho a todo. Compañía pues. ¿Pero compañía haciendo qué? Enseguida lo supe:
Las damas. El animal quería jugar a las damas. Metió su enorme garra en una especie de marsupia que hasta entonces no le había visto y sacó un juego de damas.
Lo colocó encima de una piedra plana y empezó a situar las fichas.
El juego de damas es más complicado de lo que parece. Alguna vez he leído que las combinaciones posibles de movimientos, sin ser tan famosas como las del ajedrez pueden alcanzar número estratosféricos, de trillones.
Ahí comencé a ver las cosas con esperanza. Con los años uno se ha tenido que adaptar a tantas situaciones que aquélla no era de las peores. Se trataba de decidir ganar o dejarse ganar por mi compañero el ya no tan terrible animal.
Para mi dejarse ganar es siempre la opción más fácil. El único peligro es que en tu afán de jugar mal, tu oponente cometa errores pensando que conoces tácticas nuevas, estratégicas espectaculares, capacidad de innovación. Contra este peligro la solución es cometer errores de principiante. Pero no al principio de la partida, sino al cabo de un rato, cuando tu oponente después de ver lo mal que juegas, no le sorprende que cometas errores de principiante.
De todas maneras la partida se me hizo eterna. Son las cinco y creo que la partida acabó hace diez minutos.
Cuando cometí el error de principiante me llegó un mensaje telepático inconfundible: “Misión cumplida: te he comido el cerebro y solo me queda desgarrarte las piernas y el pubis”
Qué le vamos a hacer. Todo menos intentar ganarte. Uno se puede imaginar el mal perder de un ser de esas dimensiones. Ganar no era una opción. Y perder era la segunda peor.
Fin de la partida. Y entonces recibí el último mensaje telepático: “No le digas a nadie lo que te ha pasado. Me voy a otro hotel antes de que amanezca”. Me dio un terrible zarpazo que me impidió ver en qué dirección iba y desapareció.
Son las cinco y no sé si ponerme el traje o tomarme el día libre.
miércoles 9 de abril de 2008
Algo lejos

Entrando al corral de las gallinas uno no sabe si está bien vestido o no. Las gallinas no son claras. Parece que están a lo suyo, picoteando y levantando el cuello, pero realmente están en todo. Una gallina no es lo mismo que un trasbordador espacial. El trasbordador es noble, despega, aterriza, hace de alacrán para que paseen los astronautas, pero es noble. La gallina no. Cuando menos te lo esperas, te están criticando a tus espaldas.
¿Qué hacer en esta situación? Pues apencar con lo que te corresponde en el universo. Llamarle a las cosas por su nombre, asumir tus imperfecciones, tratar de aprender de los demás, cubrirte las espaldas y que sea lo que Dios quiera. Así se comportaba Moisés en el desierto. Dócilmente aceptó el papel que la Providencia le había asignado y lo jugó de forma eficaz. Nada de hacer de cabra montesa por esos andurriales. Nada. El con su vara de mimbre cabalgaba hacia la corrida de toros como si nada. El que se atreviera a refutarle sus reflexiones de alquimista estaba perdido. Moisés a caballo era temible. Una vez se metió por error en un corral de gallinas, en un gallinero para ser más exactos, y como si nada. El gallo vio que su papel dominante se acababa con la incursión de aquél hombre barbudo a caballo y optó por lo más sensato: salida por el foro, es decir por la izquierda. Moisés tardó en darse cuenta de donde estaba. Pero fue su caballo, Babieca, quien le advirtió. Babieca siempre hablaba en ingles: Do you realize the problems you are causing to the chicken population of the Old Testament?
Moisés solo sabía francés y mal. Oui je t’aime quien ê? Babieca no tenía una gran opinión de los franceses. Le llamaban Bavieque y eso le parecía incorrecto además de poco práctico. Are you talking to me? Era la frase que más utilizaba en suelo francés.
Las gallinas, amigos y pacientes lectores, son las causas de las derrotas del ejército español a lo largo de su historia. ¿Por qué? Salta a la vista. Ese hedor que las caracteriza, ese plumaje vistoso pero irregular, ese porte de cupletista entrada en años, todo eso ha despistado a muchos ejércitos españoles. Los Tercios del Duque de Alba en las Ardenas, el cruce del Peloponeso, Crimea y sobre todo la batalla de Melbourne son buenas pruebas del efecto gallináceo en nuestras aguerridas huestes, a lo largo de veinte siglos.
Os lo dice una gallina.
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