Son las cinco y todavía tiemblo de pensar lo que me podía haber pasado.
Me acosté como siempre a las diez de la noche, para dormir ocho horas y bajar al gimnasio a las siete, después del café.
Debían ser como las cuatro, cuando noté un roce extraño en la mejilla. Tengo el sueño ligero, así que abrí los ojos y lo vi: a menos de veinte centímetros estaba el hocico húmedo de un animal. Mi reacción no me la explico. Mantuve la calma, supongo que pensando que era un sueño y me dispuse a levantarme para ir al cuarto de baño. Al levantarme noté un enorme peso en el pecho. Una enorme garra, peluda, con las uñas retraídas de lo que me pareció un gigantesco león, me mantenía pegado al colchón. Pero no era un león. Era una mezcla aún más atemorizante. No podía moverme, pero lo vi en toda su enormidad. El cuerpo de aquel enorme animal ocupaba los siete u ocho metros de la habitación del hotel. Poco a poco, vi en la penumbra de la habitación que la piel del animal era peluda en su totalidad, con unas tonalidades marrón claro. Pero lo peor es que el animal no estaba solo. Cubriéndole todo el cuerpo, pero especialmente alrededor de los ojos revoloteaba una nube de mosquitos. Mosquitos diminutos, de esos que vuelan por los pantanos y se meten en las gargantas de los ciclistas.
Yo no tuve miedo. No había estado muchas veces en esa situación y mis instintos no estaban preparados para reaccionar. En realidad, no reaccioné.
Y ahora viene lo peor: el animal se comunicaba conmigo.
Pero no se comunicaba con palabras o sonidos. Me hablaba sin que yo oyera nada. Y lo que decía no era para estar tranquilo:
“Voy a descuartizarte”. “Voy a separarte las piernas hasta que se te rompan por la ingle” “Pero antes voy a abrirte la cabeza y comerme tus sesos”
Por alguna razón, que me hablara por telepatía me tranquilizó. Uno espera de un enorme animal que entra en la habitación del hotel a las cuatro de la mañana que haga algo, algo malo, no que amenace. Amenazar es lo que hacemos los cobardes, los que nos cuesta entrar en acción. Los valientes y aquel animal tenía tamaño para ser valiente, los valientes no avisan, actúan.
Aquello me devolvió a mi pensamiento inicial de que era un sueño.
Pero no, no ha sido un sueño. Lo que sigue no es un sueño.
El animal me pidió, telepáticamente, como era su costumbre, que me vistiera. Levantó su pata enorme de mi pecho y dio un paso atrás. Tan grande era su tamaño que algo de él golpeó la televisión que cayó con estrépito al suelo.
Me levanté un poco preocupado y fui a por lo que yo considero la ropa adecuada para estas situaciones: un pantalón de chándal y una camiseta.
“Nada de eso” telepateó el animal. “Corbata y tu mejor traje y zapatos”
No había mucho margen de negociación y obedecí. La corbata y el traje son mi segunda piel desde hace muchos años. No estaba muy claro para que me quería vestido con las ganas que tenía de destrozarme. Pobre traje, pensé. Mañana alguien lo descubrirá roto y tendrán que decidir si lo mandan al tinte o a OXFAM.
Tan pronto acabé el nudo de la corbata, el animal me empujó hacia la puerta.
Vamos de paseo, pensé. En la guerra civil española, se llamaba paseo cuando te metían en una camioneta en el medio de la noche y te llevaban a Paracuellos de Jarama donde te fusilaban, dejándote en la cuneta. Esa sensación de “paseo” tenía.
Salimos al pasillo del hotel y las luces automáticas se encendieron. Intenté mirar para atrás para ver a mi compañero pero recibí un zarpazo corrector.
En el ascensor no cabíamos y tuvimos que caminar los veintisiete pisos de la escalera. Yo tengo bien las rodillas pero durante aquella bajada me parecieron de gelatina. El animal era sorprendentemente silencioso. Debe ser que los gatos, por grandes que sean, saben amortiguar sus pisadas para que no se les oiga. Pero no era un gato. Era una cosa de siete metros que se retorcía en los giros de la escalera. 54 giros.
Al llegar a la recepción, el vigilante dormía en su silla, como es la obligación de los vigilantes cuando se les necesita.
El animal y yo pasamos las puertas automáticas de cristal y salimos a la calle.
Llovía ligeramente y la temperatura era perfecta. ¿Perfecta para qué? Si vas a esquiar, 20 grados no es la temperatura perfecta y si juegas al tenis, 10 bajo cero no es la temperatura perfecta.
Como uno se acostumbra a todo, no me sorprendió que el animal me comunicara a dónde íbamos.
Saliendo del hotel, la calle sube en cuesta hacia la derecha. Grandes árboles la cubren de lado a lado. Al poco la calle cruza una más ancha que a esas horas estaba desierta.
Seguimos avanzando hasta llegar a un solar con una muralla medio derruida. El solar tenía un aspecto poco apetecible para meterse con semejante compañía. Pero las instrucciones eran claras. Entramos en el solar y yo, con mi corbata y mi traje me hice esta pregunta: Si me va a descuartizar y comerse mis sesos, este paseíto no tiene mucho sentido. Más fácil hacerlo en el hotel.
Es que sus intenciones eran otras. Me pidió que me sentara en una piedra y que me diera la vuelta. Por primera vez vi al animal de cuerpo entero. Mitad gato, mitad león, mitad rata, mitad diplodocus, mitad tapir, mitad perro sarnoso, allí estaba nuestro amigo.
Comprobé una vez más que las apariencias engañan. Aquel ser repugnante, temible y espantoso, necesitaba compañía. Su instinto animalesco le había recomendado llevarme por la senda del temor con terribles amenazas para conseguir mi obediencia.
Si, en la habitación del hotel, hubiera dicho “Me siento solo, necesito compañía” mi reacción era imprevisible. Amenazándome y obligándome a ponerme el traje y la corbata, dominaba la situación.
Yo no sabía si hablarle o apretar con el cerebro para que me saliera la telepatía. Parece que no hay que apretar. Sale sola. Mi interés era la integridad física. Si había que hacer compañía, de acuerdo. De corbata en un solar no suelo acompañar a animales de siete metros, pero uno ya está hecho a todo. Compañía pues. ¿Pero compañía haciendo qué? Enseguida lo supe:
Las damas. El animal quería jugar a las damas. Metió su enorme garra en una especie de marsupia que hasta entonces no le había visto y sacó un juego de damas.
Lo colocó encima de una piedra plana y empezó a situar las fichas.
El juego de damas es más complicado de lo que parece. Alguna vez he leído que las combinaciones posibles de movimientos, sin ser tan famosas como las del ajedrez pueden alcanzar número estratosféricos, de trillones.
Ahí comencé a ver las cosas con esperanza. Con los años uno se ha tenido que adaptar a tantas situaciones que aquélla no era de las peores. Se trataba de decidir ganar o dejarse ganar por mi compañero el ya no tan terrible animal.
Para mi dejarse ganar es siempre la opción más fácil. El único peligro es que en tu afán de jugar mal, tu oponente cometa errores pensando que conoces tácticas nuevas, estratégicas espectaculares, capacidad de innovación. Contra este peligro la solución es cometer errores de principiante. Pero no al principio de la partida, sino al cabo de un rato, cuando tu oponente después de ver lo mal que juegas, no le sorprende que cometas errores de principiante.
De todas maneras la partida se me hizo eterna. Son las cinco y creo que la partida acabó hace diez minutos.
Cuando cometí el error de principiante me llegó un mensaje telepático inconfundible: “Misión cumplida: te he comido el cerebro y solo me queda desgarrarte las piernas y el pubis”
Qué le vamos a hacer. Todo menos intentar ganarte. Uno se puede imaginar el mal perder de un ser de esas dimensiones. Ganar no era una opción. Y perder era la segunda peor.
Fin de la partida. Y entonces recibí el último mensaje telepático: “No le digas a nadie lo que te ha pasado. Me voy a otro hotel antes de que amanezca”. Me dio un terrible zarpazo que me impidió ver en qué dirección iba y desapareció.
Son las cinco y no sé si ponerme el traje o tomarme el día libre.
jueves 10 de abril de 2008
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1 comentarios:
Locura en dosis pequeñas
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