viernes 11 de abril de 2008

Galicia en Kiribati 3,2,1. Ejercicio de redacción

Lo más importante en la redacción de cuentos es quitar cosas. Para el lector con paciencia propongo un ejercicio. Contar el mismo cuento por lo largo, por lo medio y por lo corto. "Galicia en Kiribati-3" son 1.118 palabras. "Galicia en Kiribati-2" son 742 palabras y "Galicia en Kiribati-1" son 480. El lector elija.

Galicia en Kiribati-3
1,118 palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos:
“Se aproximan los caballos negros del Apocalipsis. Oigo sus pisadas. Siento sus resoplidos y huelo sus excrementos. La niebla corta los sederos del bosque en tramos de oscuridad, resplandor, mosquitos y telarañas. Los viejos y los niños se esconden en sus cabañas y atrancan puertas y ventanas. Los hombres se aprestan a la lucha, unos y a aguantar los golpes, otros. Yo sé cómo escapar pero mi deber es aguantar, mirar a los caballos de frente, sereno pero desafiante y hacerles frenar con mi mirada, como otras veces”
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo. Desde la oficina del gerente de recursos humanos se ve la piscina. Medio redonda, de unos cincuenta metros de diámetro, con jardincitos y palmeras alrededor, apetece saltar desde la oficina del hotel.
“No sé qué llave hay que abrir ni que producto hay que echar!” gritaba una voz.
“De esta semana no pasa que busquemos a alguien para sustituir a Leo”
“¿Sabría usted manejar las llaves de la depuradora y elegir uno entre las decenas de productos que tiene Leo guardados?” me preguntó la directora de recursos humanos.
Yo no estaba muy concentrado porque el escote de la directora era el menos apropiado para su oficio. Enormes y firmes pechos asomaban morenos, turgentes, invitantes. Lo peor fue cuando se agachó para mirar por la ventana mientras gritaba: “Os mando alguien que puede ayudar” y dirigiéndose a mí: “Mire a ver si puede ayudarles y luego sube” eso decía mientras se abrochaba, con desgana el botón, el sufrido botón, de la camisa estampada que a duras penas contenía aquella enormidad.
Abrí y cerré las llaves sin problemas, eché el primer producto que se me vino a la mano pero con aire de seguridad y explicando los efectos de aquél coagulante, la acidez correcta para la época de lluvias. Respiraron aliviados y yo conseguí el trabajo.
Para la firma del contrato la directora de recursos humanos se había puesto una camiseta suelta que dejaba ver… pero prefiero no entrar en detalles.
El caso es que llevo siete años en esta isla.
Mi rutina diaria es sencilla:
6:00 Cafecito
6:15 Carrerita de 45 minutos. Recorrido: ir y volver por la playa de 6 kilómetros. Es medio de noche y las olas resplandecen con chispas fluorescentes.
7:00 Ducha rápida y a trabajar
9:00 Fin de la jornada, hasta el día siguiente.
Al principio me costó trabajo llenar las más de veinte horas sin trabajar, pero enseguida encontré la solución.
La playa tiene barquitas que alquila para pescar. Suelo salir a las diez y regresar a las 12 y media, para entregar el fruto de mi mañana y comer algo en el bufet del hotel.
La siesta es obligada, creo que hay una ley en la isla que obliga a cerrar todas las persianas de 14:00 a 16:00
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Tiene algo este hotel que atrae a la mayor parte de la clase secretarial de América del Norte y resto del Pacífico. También parecen tener contratos con equipos femeninos de jugadoras de voleibol y sesiones fotográficas de ropa interior para revistas de moda.
Las cenas son ruidosas porque la clientela, como digo, mayoritariamente femenina, suele pasarse con los daiquiris, mojitos, caipiriñas y margaritas y suele haber numeritos de baile encima de las mesas. Parece como obligatorio porque se cumple casi todas las noches. Los dueños se deben frotar las manos pero estos numeritos no cuentan con la aprobación de la clase trabajadora del hotel.
A la vista de las caras largas de los camareros y camareras, la clientela se agolpa al lado de mi piano y, a pesar del repertorio, hay bastantes aplausos, propinas y miradas invitantes.
No es fácil levantarse a las seis todas las mañanas.
Pues bien, ahora son las siete de la tarde y el sol se va a poner encima del cerro apalmerado a la izquierda del hotel.
Cuando termine este cuento tengo que repasar en YOUTUBE unas canciones que me pidieron ayer y que debería saber pero todos los músicos tenemos nuestras lagunas. La mía es la época del rock sinfónico.
Pink Floyd, King Crimson, Jethro Tull, Genesis y Emerson, Lake and Palmer pasaron por encima de mi cabeza mientras yo oía y trataba de imitar a Paul Simon, James Taylor o Billy Joel.
Me han pedido Supper’s Ready de Genesis y Thick as a brick de Jethro Tull.
No creo que el público aguante los 23 minutos de Supper’s Ready.
Thick as a Brick me apetece más porque es una parodia del género, como el Quijote con los libros de caballerías.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de estos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante, son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.

Galicia en Kiribati-2
742 palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré a mi alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo. Desde la oficina del gerente de recursos humanos se ve la piscina. Medio redonda, de unos cincuenta metros de diámetro, con jardincitos y palmeras alrededor, apetece saltar desde la oficina del hotel.
“No sé qué llave hay que abrir ni que producto hay que echar!” gritaba una voz.
“De esta semana no pasa que busquemos a alguien para sustituir a Leo”
“¿Sabría usted manejar las llaves de la depuradora y elegir uno entre las decenas de productos que tiene Leo guardados?” me preguntó la directora de recursos humanos.
Yo no estaba muy concentrado porque el escote de la directora era el menos apropiado para su oficio. Enormes y firmes pechos asomaban morenos, turgentes, invitantes. Lo peor fue cuando se agachó para mirar por la ventana mientras gritaba: “Os mando alguien que puede ayudar” y dirigiéndose a mí: “Mire a ver si puede ayudarles y luego sube” eso decía mientras se abrochaba, con desgana el botón, el sufrido botón, de la camisa estampada que a duras penas contenía aquella enormidad.
Abrí y cerré las llaves sin problemas, eché el primer producto que se me vino a la mano pero con aire de seguridad y explicando los efectos de aquél coagulante, la acidez correcta para la época de lluvias. Respiraron aliviados y yo conseguí el trabajo.
Para la firma del contrato la directora de recursos humanos se había puesto una camiseta suelta que dejaba ver…pero prefiero no entrar en detalles.
El caso es que llevo siete años en esta isla. Mi rutina diaria es sencilla: dos horas de trabajo, comida y siesta.
Al principio me costó trabajo llenar las más de veinte horas sin trabajar, pero enseguida encontré la solución.
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Pues bien, ahora son las siete de la tarde y el sol se va a poner encima del cerro apalmerado a la izquierda del hotel.
Cuando termine este cuento tengo que repasar en YOUTUBE unas canciones que me pidieron ayer y que debería saber pero todos los músicos tenemos nuestras lagunas. La mía es la época del rock sinfónico.
Me han pedido Supper’s Ready de Genesis y Thick as a brick.
Thick as a Brick me apetece más porque es una parodia del género, como el Quijote con los libros de caballerías.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de estos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante, son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.

Galicia en Kiribati-1
480 Palabras
Por las tardes no tengo ganas de hacer nada. La línea del mar, el horizonte se pone oscuro con anuncio de tormenta que nunca llega.
Anoche tuve la pesadilla de todos los domingos:
“Se aproximan los caballos negros del Apocalipsis. Oigo sus pisadas. Siento sus resoplidos y huelo sus excrementos. La niebla corta los sederos del bosque en tramos de oscuridad, resplandor, mosquitos y telarañas. Los viejos y los niños se esconden en sus cabañas y atrancan puertas y ventanas. Los hombres se aprestan a la lucha, unos y a aguantar los golpes, otros. Yo sé cómo escapar pero mi deber es aguantar, mirar a los caballos de frente, sereno pero desafiante y hacerles frenar con mi mirada, como otras veces”
Me desperté sudando, con taquicardia. Miré a mi alrededor y vi el paisaje tranquilizador de todas las mañanas. La choza que los dueños del hotel me han habilitado es confortable, espaciosa, con sitio para una mesa, una cama, una librería y un garfio en la pared para colgar la guitarra.
Conseguir este trabajo de limpiador de piscina en Kiribati no fue fácil. Demostrar que has sido bancario, financiero, con carita de familia acomodada y manos suaves y que lo que quieres es barrer fondos de piscina, no es fácil. Un golpe de suerte me dio el trabajo.
El caso es que llevo siete años en esta isla. Trabajo dos horas por la mañana, comer y siesta.
Desde la siesta hasta la cena mi jornada se acelera: o tres horas ensayando música y dos escribiendo cuentos como este o viceversa. Procuro ser sistemático, porque a las nueve tengo que tocar el piano mientras la gente cena.
Sé que haga lo que haga voy a tener éxito porque el público es facilón gracias a las reservas de ron del hotel. Pero yo soy perfeccionista y voy a intentar hacer la versión definitiva de algunos súper éxitos.
¿Mi vida envidiable? Todo es relativo.
Mi Galicia natal con sus largos y húmedos inviernos, su escaso o nulo ambiente callejero la mayoría del año, sus mujeres retraídas, el espíritu receloso del gallego, las calles mojadas de Santiago, la Rapa das Bestas, las romerías de octubre, siempre lloviendo, las playas limpias pero de aguas gélidas, el pulpo chicloso, la sardina olorosa, el cachelo engordante, la lamprea repugnante, el Ribeiro acidulante son impensables en este paraíso del Pacífico. Pero lloro todas las noches. Todas las noches me despierta una pesadilla distinta. Estoy en mi puesto de trabajo de la Caja de Ahorros de Irixoa, en la oficina recaudatoria de Santa Eugenia de Ribeira, en la cola de Hacienda y afuera me esperan los alguaciles para embargarme a mí y a mi familia los muebles, el coche, el piso en Sada, los ahorros, el seguro médico. Y me despierto sobresaltado.
Me gusta Galicia, añoro Galicia, pero Galicia es una mujer inalcanzable.

1 comentarios:

Fantômas dijo...

Buen blog che! Te invito a darte una vuelta por mi blog.

fantasmavelez.blogspot.com

Un abrazo.