
Entrando al corral de las gallinas uno no sabe si está bien vestido o no. Las gallinas no son claras. Parece que están a lo suyo, picoteando y levantando el cuello, pero realmente están en todo. Una gallina no es lo mismo que un trasbordador espacial. El trasbordador es noble, despega, aterriza, hace de alacrán para que paseen los astronautas, pero es noble. La gallina no. Cuando menos te lo esperas, te están criticando a tus espaldas.
¿Qué hacer en esta situación? Pues apencar con lo que te corresponde en el universo. Llamarle a las cosas por su nombre, asumir tus imperfecciones, tratar de aprender de los demás, cubrirte las espaldas y que sea lo que Dios quiera. Así se comportaba Moisés en el desierto. Dócilmente aceptó el papel que la Providencia le había asignado y lo jugó de forma eficaz. Nada de hacer de cabra montesa por esos andurriales. Nada. El con su vara de mimbre cabalgaba hacia la corrida de toros como si nada. El que se atreviera a refutarle sus reflexiones de alquimista estaba perdido. Moisés a caballo era temible. Una vez se metió por error en un corral de gallinas, en un gallinero para ser más exactos, y como si nada. El gallo vio que su papel dominante se acababa con la incursión de aquél hombre barbudo a caballo y optó por lo más sensato: salida por el foro, es decir por la izquierda. Moisés tardó en darse cuenta de donde estaba. Pero fue su caballo, Babieca, quien le advirtió. Babieca siempre hablaba en ingles: Do you realize the problems you are causing to the chicken population of the Old Testament?
Moisés solo sabía francés y mal. Oui je t’aime quien ê? Babieca no tenía una gran opinión de los franceses. Le llamaban Bavieque y eso le parecía incorrecto además de poco práctico. Are you talking to me? Era la frase que más utilizaba en suelo francés.
Las gallinas, amigos y pacientes lectores, son las causas de las derrotas del ejército español a lo largo de su historia. ¿Por qué? Salta a la vista. Ese hedor que las caracteriza, ese plumaje vistoso pero irregular, ese porte de cupletista entrada en años, todo eso ha despistado a muchos ejércitos españoles. Los Tercios del Duque de Alba en las Ardenas, el cruce del Peloponeso, Crimea y sobre todo la batalla de Melbourne son buenas pruebas del efecto gallináceo en nuestras aguerridas huestes, a lo largo de veinte siglos.
Os lo dice una gallina.
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